Achachila
Cuando la topografía del terreno cambiaba de quebrada a planicie, uno de los tres viajeros que caminaban produciendo agradable melodía con los instrumentos de viento que llevaban, exclamó deteniéndose:
―¡Pampa!, ¡Suquía jawira!―, a lo que sus acompañantes añadieron, casi al unísono:
―¡Pampawa!, ‘Suquijawirawa¡―. Es la pampa, es el río Suquìa, en castellano.
Entonces con mejor ánimo reiniciaron la melodía que de algo triste se fue convirtiendo en alegre, como expresión de satisfacción para los caminantes. Uno de ellos, el que parecía mayor entre los tres, tocaba un grueso elemento que no era otra cosa que una gruesa caña con interior hueco, comunicado hacia fuera por varios agujeros realizados sobre la superficie, siguiendo línea vertical, rematada en uno de los extremos por una especie de cuña de madera dura y en el otro con un tapón que clausuraba la parte inferior, era una tarka que emitía sonidos bajos muy agradables Otro de los viajeros portaba un instrumento similar al primero con la única diferencia dada por su diámetro, era una quena, que producía sones altos. El tercer viajante acercaba a sus labios un instrumento formado por una serie de cañas, más delgadas y pequeñas que la quena, atadas una a otra y que emitía tonos con variaciones muy esparcidas desde muy altas hasta muy bajas, era el sicu o zampoña.
Después de caminar hasta que el sol comenzara a perderse en el horizonte, el trío vestido con gruesa ropas de hebras de alpaca tejidas, con adornos simétricos aunque con sólo colores sobrios marrones y negros, detuvo su marcha frente a una cueva, desde donde unos pequeños ojillos observaban a los recién llegados, con esa curiosidad propia de los niños.
Concientes de ser observados, los hombres depositaron en tierra las abultadas bolsas que portaban, colgadas al cuello mediante del mismo material que sus ropas.
Llevaban gorros terminados en punta, adornados con los típicos dibujos simétricos y que se extendían además de cubrir la cabeza y orejas, hasta su extremo inferior con cordones para ser atados.
Cubrían sus torsos con una especie de camisa del mismo material que el gorro, que cubría pecho, espalda y brazos y llegaba desde el cuello hasta debajo de la cintura. Sobre sus extremidades inferiores tenían calzas de material más grueso que la camisa; se ajustaba en la cintura y llegaba hasta la mitad de la pantorrilla. Protegían sus pies hojotas fabricadas con cuero tratado de llama, de color marrón oscuro. Ambas piezas se llamaban isi.
Toda la indumentaria estaba cubierta por un grueso manto, llump’i, poncho en castellano, con las mismas figuras estéticas que servían de adorno, para cubrir el cuerpo desde el cuello hasta más casi los tobillos, con un hueco en la parte superior, por donde se introducía la cabeza. Toda la vestimenta era del mismo color sepia en dos de los viajeros y marrón en el otro.
Siempre percatados de los ojos que miraban sus movimientos, limpiaron de polvo una superficie no muy amplia, donde después de ubicar sus bolsas y ponchos, tendieron unas mantas de colores vistosos, tomaron asiento sobre las mantas alrededor de unas ramas y hojas secas que reunieron para encenderlas.
Dentro de la cueva, los niños que vieron acercarse a los forasteros llamaron a sus padres que se encontraban en el interior y juntos siguieron con curiosidad los movimientos de los recién llegados, que no parecían preocuparse por estar siendo observados ni tener temor a ser agredidos.
La gente del interior, atemorizada, hacía esfuerzos por escuchar hablar a los extraños, su idioma era una sucesión rítmica de sonidos producidos en la garganta, articulados tocando el dorso de la lengua con la parte posterior del velo del paladar, conocidos como guturales.
La incorporación de un anciano a los oyentes, permitió identificar a los extranjeros que, de inmediato, salieron de su cueva para recibirlos con felices aspavientos, con los brazos extendidos les decían:
―¡Kolla! ¡kolla jaq’e!, ¡Aymaras! ¡gente aymara¡
Los recién llegados reaccionaron con similar entusiasmo, abrasando a grandes y chicos, hombres y mujeres que aparecían por todo lado. Cuando cesaron las muestras de afecto, los viajeros empezaron a sacar objetos de sus bolsones. Era notorio que les era difícil comunicarse, porque ni los unos ni los otros hablaban el idioma de los otros, sólo conocían algunas expresiones rudimentarias.
Primero atendieron a los niños, quienes recibieron una especie de piezas pequeñas de barro amasado formando bonitas imágenes de hombres, mujeres, niños, llamas, alpacas, vicuñas, vizcachas, instigando a que los lleven a la boca, eran quispiñas golosinas aymaras de larga duración, elaboradas con harina de quinua. Después les dieron trozos parecidos a piedrecillas cristalinas, eran bocaditos de tarwi y quiwicha alimentos especiales para niños en etapa de crecimiento, y de mujeres embarazadas o que dan de lactar, combinados con amaranto, de muchas propiedades alimenticias.
Todos se retiraron a dormir cuando las sombras cubrían completamente el campamento aymara, en la entrada de las cuevas de los comechingones.
Los días siguientes los forasteros mostraron muchos otros productos de la tierra que habían llevado hasta la pampa. Mostraron el chuño, la tunta y la caya, resultantes de la cocción al frío de la papa y la oca y les hicieron probar el pito de cañawa, una harina de cereal que constituía un alimento completo para menores, adultos y ancianos. Después los pusieron en contacto con la hoja de coca, maravillando a los comenchingones con su acción anestésica.
Antes de cumplirse diez días de permanencia, los aymaras que eran un kolliri, médico; un amauta, sabio y un yatiri, hechicero; realizaron para asombro de sus anfitriones una trepanación de cráneo a un joven que había sufrido una caída desde mucha altura, al fondo de un río y que le había ocasionado parálisis en medio cuerpo. Los tres calificados expertos le extrajeron un tumor del tamaño de una papa de mediano tamaño, el joven volvió a tener movimiento en todo su cuerpo.
Por espacio de más de dos meses estuvieron recolectando hierbas medicinales e instruyendo a algunos lugareños mayores, sobre su empleo para tratar diferentes dolencias, no descuidaron buscar en las márgenes de los cursos de agua, minerales muy especiales también con propiedades curativas y finalmente enseñaron trucos para mejorar los cultivos y crear nuevos con las semillas traídas desde los Andes y dede las selvas amazónicas.
Una noche, como igual que otras anteriores, después de tocar sus instrumentos musicales para deleite de jóvenes y viejos, participaron su próxima partida. Para entonces habían establecido un lenguaje oral y mímico que permitía comunicación suficientemente amplia, para compartir experiencias y conocimientos. Quien ejercía como persona principal de aquello que podía considerarse una pequeña villa comencingona, a pedido de sus invitados expuso el mito principal de su pueblo, referente a la llegada de la principal divinidad a esa región, bañada por las aguas del río Suquía. Sus palabras fueron:
“En el principio, en nuestra tierra no había nada, era un caos absoluto, aunque nuestros antepasados esperaban llegase la diosa de la Tierra, seguida después por el engendramiento del amor. La Tierra había generado a Alajjpacha, Cielo, como su techo y su esposo a la vez. De esta unión nació el dios Sami, color, de gentes, animales, plantas y otras cosas, quien a su vez engendró a Achachila el Gran Vencedor, señor de Alajjpachanquiri la corte de todos los dioses y diosas, que moran en el Alajjpacha.
Luego llegó la diosa Pachamama, madre tierra, desde una región extremadamente lejana más allá de Tiahuanaco, de donde nace todo; después fue Amusiña, el dios del amor, la fuerza creadora, a cuya ley se someten dioses y mortales.
¿No es acaso Amusiña el que turba la mente de tantos otros dioses y diosas, para impulsarlos a unirse y a procrear los extraordinarios entes que actúan en los mitos y, además los seres mortales, muchos de ellos nacidos de la unión de dioses con mortales.
Luego afirmó: “Los resentimientos a que se hacen acreedores héroes y mortales, traducidos casi siempre en feroces venganzas, ¿acaso no son guiados por Amusiña?”.
Achachila, tiene a Chullunquia, granizo, para fulminar a sus enemigos. Pero, por otra parte ¿qué vale Chullunquia? ¿qué vale el Alajjpachanquiri, ante la sutil flecha de Amusiña , el amor, que dispara el divino arquero?
De ahí que dioses casi humanos, hombres que son casi dioses; giran al son de las pasiones que en los dioses, no tienen ni rienda ni cauce, pero que obran con pujanza demoledora y ciega de los elementos naturales. Cortejan y aborrecen intensamente; vengan sufrimientos y humillaciones con atroces castigos que otros dioses más benévolos o interesados, se encargan de atenuar o suspender,
Achachila, es potente cóndor, elegante cisne o delicada lluvia. Phajgsi, Selene, luna, la diosa pálida, acaricia con sus rayos de plata a quienes son sus amantes, sumido en eterno amor, aunque sin ser correspondidos, porque ella sólo ama al Sol, cuando es grandioso como Inti o Llinti o cuando es cariñoso con sus hijos mortales y es sólo Lupi.
Después, con el pleno convencimiento de los creyentes natos, aseveró:
“Lluvias, vientos, relámpagos, truenos, fuentes, árboles, espuma de ríos, lagos y mares. Todos son dioses, diosas, ninfas, hermosas doncellas que corren y danzan a los acordes de pinquillos, quenas finas y chulluchullus, finas láminas metálicas para producir sonido. Porque, dioses y héroes hechos a imagen y semejanza de los pastores que los crearon y veneraron, soberbios e impúdicos, a veces ingenuos pero siempre terribles, desfilarán en orden de grandeza en el curso de la eternidad”.
Sus palabras, fueron seguidas de solemne silencio, los dioses habían expuestos sus dones, por boca de uno de sus hijos. Los aymaras así lo entendieron y al día siguiente se marcharon acompañados por toda la gente hasta mediodía de camino, entonando algunos cánticos y ejecutando los instrumentos de Tiahuanaco, su ciudad capital, felices de haber escuchado, de labios de sus amigos, venerar a los dioses que también ellos reverencian y que eran sus señores todopoderosos para toda la eternidad. Excitados por tanta similitud con pueblos lejanos, pero hermanos, pese a las distancias materiales, agradecieron a sus dioses mantuviesen cercanos sus espíritus.